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Alguero, Alguer, Alghero, L’Alguer, formas distintas de llamar a una ciudad que al final es la misma pero en distintas lenguas, sobre todo, en las dos que determinan su personalidad: el italiano y el catalán. Aunque si somos sinceros lo del catalán se nota más en otras cosas que en la lengua propiamente dicha, se nota por ejemplo en la arquitectura y en ese Trenino catalano turístico que pretende recrear al visitante en una ciudad de pasado medieval que bien puede recordar a veces ciertos rincones del Barrio gótico de Barcelona.
Durante nuestra estancia, ninguno escuchó el catalán por ninguna parte, encontramos eso sí interesantes diccionarios italiano/alguerés y viceversa en las dos o tres librerías en las que nos resguardamos de la lluvia. Imposible olvidar el nombre de una de ellas: Il Labirinto. Nos pareció un buen nombre para una librería, ¿qué hacen si no los libros mas que llevarnos hacia un viaje interminable y laberíntico? Acabamos en ella desilusionados tras varios días de lluvia y asombrados, como siempre, de que no importa en qué país nos encontremos, no importa si es en alguna ciudad o en cualquier aeropuerto, pero al final siempre nos encontramos con los mismos libros, los mismos autores, las mismas portadas, con la globalización de la literatura.
Esa es nuestra imagen de la ciudad, tranquila, olvidada por los turistas a causa del mal tiempo pero problablemente atestada en un día de sol veraniego como otras partes del Mediterráneo, un casco antiguo medieval repleto como siempre de tiendas de souvenirs, y un puerto inmenso y apacible desde el cual observar la silueta de la ciudad a lo lejos.